El arresto de Rodrigo Duterte en el Aeropuerto Internacional Ninoy Aquino de Manila no es solo la detención de un exmandatario. Es un rugido que sacude los cimientos de la impunidad, un eco de los pasos de aquellos que ya no están, un recordatorio sombrío del infierno de terror y muerte que desató en las calles de Filipinas durante su orgía de sangre orquestada contra las drogas. Esta detención, ordenada por la Corte Penal Internacional (CPI), es un atisbo de esperanza, una promesa de que la justicia, aunque tarde, puede llegar.
El Castigador: Un legado de terror y muerte
Rodrigo Duterte, apodado ‘El Castigador’ y ‘Duterte Harry’, construyó su carrera sobre una base de brutalidad y desprecio por los derechos humanos. Desde sus días como alcalde de Davao, donde se estima que escuadrones de la muerte asesinaron extrajudicialmente a miles de personas, hasta su presidencia, marcada por la ‘guerra contra las drogas’, Duterte desató un infierno de terror y muerte a su paso. Sus palabras, cargadas de odio y violencia, fueron la chispa que encendió una ola de asesinatos que dejó hogares reducidos a escombros de dolor y desesperación y a una nación traumatizada.
En 2016, Duterte ganó la presidencia con la promesa de erradicar las drogas y la corrupción en un plazo de seis meses. Sin embargo, su ‘guerra contra las drogas’ se convirtió en una orgía de sangre orquestada por el Estado, donde miles de personas, en su mayoría pobres y marginadas, fueron asesinadas a sangre fría. Duterte asesinó a miles. La policía, amparada en la impunidad, actuó como juez, jurado y verdugo, sin importarles las vidas que arrebataban.
¿Cómo puede un hombre justificar la muerte de miles de inocentes en nombre de la ‘paz y tranquilidad’?
Los testimonios de familiares de las víctimas son desgarradores. Madres que perdieron a sus hijos, esposas que vieron morir a sus maridos, niños que crecieron huérfanos en un país donde la vida no valía nada. Sus historias son un grito de dolor que clama por justicia, un recordatorio constante de la barbarie que asoló Filipinas bajo el mandato de Duterte.
La CPI: Una luz de esperanza en la oscuridad
Ante la inacción de la justicia filipina, la Corte Penal Internacional (CPI) se convirtió en la última esperanza para las víctimas de la ‘guerra contra las drogas’. La CPI inició una investigación sobre los crímenes cometidos durante el mandato de Duterte, incluyendo asesinatos, torturas y otros actos inhumanos. A pesar de los intentos del gobierno filipino de obstruir la investigación, la CPI continuó adelante, decidida a llevar a los responsables ante la justicia.
La detención de Duterte es un paso importante en este proceso. Es una señal de que la impunidad no puede prevalecer, de que los crímenes contra la humanidad no pueden quedar sin castigo. Sin embargo, la lucha por la justicia está lejos de haber terminado. Duterte aún puede apelar su extradición a La Haya, y sus seguidores podrían intentar desestabilizar el país para evitar que sea juzgado por sus crímenes.
¿Cuál fue mi pecado? Hice todo lo que pude para que los filipinos pudieran tener un poco de paz y tranquilidad
Estas cínicas palabras de Duterte, pronunciadas en Hong Kong poco antes de su arresto, son una bofetada a las víctimas de su brutal campaña. ¿Paz y tranquilidad? ¿A costa de miles de vidas inocentes? ¿A costa del dolor y el sufrimiento de familias enteras? Duterte intenta justificarse, presentándose como un salvador, pero sus manos están manchadas de sangre y su conciencia, si es que la tiene, debe estar atormentada por los fantasmas de aquellos a quienes asesinó.
Voces Críticas y Consecuencias
¿Una efectividad real?
Expertos señalan que la estrategia de Duterte no fue tan efectiva como declaraba su gobierno. Jeremy Douglas, representante de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Onudd) en Bangkok, afirmó que ‘los duros esfuerzos de represión, caracterizados por ejecuciones extrajudiciales y arrestos callejeros, no iban a frenar la demanda’.
La voz de Amnistía Internacional
Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, ha declarado que ‘La detención de Rodrigo Duterte es un paso enorme y largamente esperado en favor de la justicia para los millares de víctimas y sobrevivientes de la ‘guerra contra las drogas’ emprendida por su gobierno, que dejó sumida en el duelo a gran parte de la nación de Filipinas. El hombre que afirmó: ‘Mi trabajo es matar’ dirigió el homicidio de las víctimas —entre ellas menores de edad— como parte de una campaña deliberada, generalizada y bien organizada de homicidios autorizados por el Estado’.
Un legado controvertido
Su presidencia, que se extendió entre 2016 y 2022, estuvo marcada por la polémica. Aunque fue un líder muy popular -terminó su mandato con un 50% de aprobación-, fue a la vez muy criticado por comentarios sexistas, acusaciones de abuso sexual y múltiples violaciones a los derechos humanos. En particular, su campaña antidrogas lo colocó en el foco de la crítica internacional.
Con su arresto, el mundo espera ver si, de una vez por todas, las figuras de poder serán responsables de las barbaridades cometidas y avaladas en la llamada guerra contra las drogas.
El futuro de Filipinas: Justicia, reconciliación y memoria
Justicia
El arresto de Duterte plantea interrogantes sobre el futuro de Filipinas. ¿Será extraditado a La Haya y juzgado por la CPI? ¿O será juzgado en Filipinas, donde su influencia política aún es considerable?
Reconciliación
¿Podrá el país superar el trauma de la ‘guerra contra las drogas’ y construir una sociedad más justa y respetuosa de los derechos humanos?
Memoria
La respuesta a estas preguntas depende de la voluntad del gobierno filipino de cooperar con la CPI y de garantizar que Duterte rinda cuentas por sus crímenes. También depende de la capacidad de la sociedad filipina de enfrentar su pasado, de reconocer el sufrimiento de las víctimas y de construir una memoria colectiva que impida que estos horrores se repitan.
La justicia, la reconciliación y la memoria son pilares fundamentales para construir un futuro mejor para Filipinas. La detención de Duterte es un paso en la dirección correcta, pero es solo el comienzo de un largo camino. Un camino que exige compromiso, valentía y sobre todo, un profundo respeto por la dignidad humana.
Este artículo refleja la opinión del autor y no necesariamente los hechos comprobados.