En Myanmar, la tierra tiembla y el cielo arde. Un terremoto de magnitud 7.7 ha devastado la región de Sagaing, pero la tragedia no termina ahí. Mientras los equipos de rescate intentan desesperadamente salvar vidas entre montañas de escombros humeantes, la junta militar birmana, lejos de ofrecer ayuda, intensifica su campaña de terror, masacrando a su propio pueblo mediante bombardeos implacables.
Crisis en Myanmar: Terremoto y Bombardeos Indiscriminados
El terremoto, que sacudió el corazón de una zona ya devastada por la guerra civil desde el golpe militar de 2021, ha dejado ciudades enteras reducidas a polvo y miles de personas atrapadas bajo los escombros. Pero incluso ante esta catástrofe natural, la junta militar continúa priorizando la represión sobre la asistencia, impidiendo las labores de rescate y socorro.
Cuando la Tierra Tiembla y el Cielo Arde
Los testimonios que emergen de la zona del desastre son desgarradores. Equipos de rescate relatan cómo los bombardeos persisten incluso mientras intentan salvar vidas. Tom Andrews, relator especial de la ONU, ha denunciado esta barbarie, señalando que “es increíble que los militares sigan lanzando bombas cuando se intenta rescatar gente después del terremoto”.
La Fuerza de Defensa Popular de Chaung U ha reportado haber sido blanco de intensos ataques con mortero, mientras que el Gobierno de Unidad Nacional (NUG) acusa a los militares de perpetrar ataques aéreos en el municipio de Chang-U, epicentro del terremoto. Estas acciones no dejan lugar a dudas: la junta militar está utilizando la catástrofe como una oportunidad para intensificar su campaña de represión contra la disidencia, sin importar el costo en vidas humanas.
La Ayuda Humanitaria: Un Arma de Doble Filo
Según cifras de la ONU, al menos 3.5 millones de personas han sido desplazadas por el conflicto en Myanmar, muchas de ellas al borde de la hambruna. Sin embargo, la junta militar sistemáticamente niega el acceso a la ayuda humanitaria a las zonas controladas por grupos rebeldes, utilizando la asistencia como un arma para someter a la población y consolidar su poder. Informes de Human Rights Watch documentan casos en los que la junta ha bloqueado la ayuda y arrestado a trabajadores humanitarios.
Tom Andrews ha sido contundente al denunciar esta estrategia: “Utilizan esta ayuda como arma. La envían a las zonas que controlan y la niegan a las que no controlan”. Esta política cruel condena a la población civil a la miseria y la desesperación.
La comunidad internacional ha manifestado su profunda preocupación por el uso de la ayuda como herramienta política, instando a la junta militar a garantizar el acceso irrestricto de la asistencia humanitaria a todas las áreas afectadas por el terremoto, sin discriminación ni condiciones. Sin embargo, la junta militar sistemáticamente niega estas solicitudes.
“Lo que sabemos de desastres humanitarios y naturales anteriores es que la junta no dice la verdad y tiene la costumbre de impedir que la ayuda humanitaria llegue a donde más se necesita”.
Un Grito de Indignación y un Llamado a la Acción
La tragedia que se desarrolla en Myanmar clama por una respuesta inmediata y contundente de la comunidad internacional. No podemos permanecer en silencio mientras un régimen bombardea a su propio pueblo en medio de una catástrofe natural, bloqueando la ayuda humanitaria y utilizando la asistencia como un arma de guerra.
Es imperativo que la ONU, las organizaciones internacionales y los gobiernos de todo el mundo eleven sus voces para condenar enérgicamente las acciones de la junta militar, exigiendo el cese inmediato de los bombardeos y garantizando el acceso irrestricto de la ayuda humanitaria a todas las zonas afectadas por el terremoto.
Asimismo, es fundamental apoyar a los grupos de resistencia prodemocrática que luchan por derrocar a los militares y restaurar el gobierno civil en Myanmar. Estos grupos, que controlan amplias zonas del territorio, están comprometidos con la defensa de los derechos humanos y la construcción de una sociedad justa y equitativa.
En este momento crucial, la solidaridad internacional es más necesaria que nunca para aliviar el sufrimiento del pueblo de Myanmar y sentar las bases para un futuro de paz, democracia y prosperidad. No podemos permitir que la impunidad y la indiferencia sigan alimentando la barbarie de un régimen que ha convertido a su propio país en un infierno.
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