El viento helado mordía su rostro, cada ola era una amenaza rugiente en la oscuridad interminable. En ese laberinto helado del Atlántico Sur, Rubén Otero, un joven de 19 años, libraba una batalla contra la desesperación. Su historia, marcada por el hundimiento del Crucero General Belgrano durante la Guerra de Malvinas, no es solo un relato de supervivencia, sino una profunda exploración de cómo el dolor se transforma en arte y cómo la memoria se convierte en un faro de esperanza.
Estuve 41 horas en una balsa, en medio del océano. Tenía 19 años…
Rescate en el Atlántico Sur: Un rayo de esperanza
Tras una noche eterna, un avión sobrevoló la balsa. Desde la cabina, los pilotos les hicieron señas con una linterna, un gesto que encendió la llama de la esperanza. Rubén recuerda cómo se comió dos terrones de azúcar, el único alimento que le quedaba, mientras esperaba pacientemente el rescate.
Finalmente, al día siguiente, un barco los rescató. Rubén y sus compañeros habían sobrevivido 41 horas a la deriva, una hazaña que los convertiría en héroes.
El Hundimiento del Belgrano: Un viaje al infierno
Corría el año 1982, y Rubén, como muchos jóvenes argentinos, cumplía con el servicio militar. Su destino lo llevó a bordo del ARA General Belgrano, un buque que pronto se convertiría en símbolo de una tragedia. El 2 de mayo, el submarino británico HMS Conqueror torpedeó el crucero, enviándolo a las profundidades del Atlántico Sur. En cuestión de minutos, el caos se apoderó de la nave, y la supervivencia se convirtió en el único objetivo.
“Cuando salgo a cubierta, el buque ya estaba más inclinado y caminar por la cubierta era como un jabón”, recuerda Rubén con la voz cargada de emoción. El petróleo derramado hacía que cada paso fuera un riesgo, y la desesperación se palpaba en el aire. En medio de la confusión, Rubén logró llegar a su balsa asignada, donde lo esperaba una prueba aún mayor.
La balsa, una pequeña embarcación de goma, se convirtió en el refugio de 22 hombres. Hacinados, tiritando de frío y con la incertidumbre como única compañía, los sobrevivientes se aferraron a la esperanza. Rubén recuerda cómo aprendió a controlar su mente en esas horas interminables, cómo cada uno de ellos se convirtió en el soporte del otro. La solidaridad y el instinto de supervivencia fueron sus mejores aliados.
El mar, embravecido y cruel, no daba tregua. Las olas golpeaban la balsa, amenazando con arrastrarlos a las profundidades. El frío calaba hasta los huesos, la sed quemaba la garganta y el hambre se hacía sentir. La desesperación y la pérdida de compañeros marcaban cada hora en la balsa. Pero Rubén y sus compañeros se negaron a rendirse. Remaron con fuerza, compartieron el poco alimento que tenían y se animaron mutuamente a seguir adelante.
El Arte como Terapia: De la Tragedia a la Inspiración
El regreso a casa fue un torbellino de emociones. Rubén fue recibido como un héroe en su barrio, con guirnaldas, banderas argentinas y un cartel que decía: “Bienvenido Rubencito, nuestro héroe del Crucero General Belgrano”. Sin embargo, la alegría del reencuentro se mezclaba con el dolor de la pérdida. Muchos de sus compañeros no habían regresado, y la herida de la guerra tardaría mucho tiempo en cicatrizar.
En la actualidad, Rubén Otero ha encontrado en el arte un medio de sanación y un canal para compartir su historia. Su obra de teatro, “Seguir a Flote”, es un testimonio conmovedor de su experiencia en Malvinas y de su lucha por superar el trauma. En ella, Rubén invita al público a sumergirse en su mundo, a sentir el frío del océano, la desesperación de la espera y la alegría del reencuentro.
Creo que nunca voy a salir de ahí porque todo esto lo cuento en mi obra
Su unipersonal es una catarsis, una forma de exorcizar sus demonios y de transformar el dolor en arte. A través de la actuación, Rubén revive su pasado, honra a sus compañeros caídos y transmite un mensaje de esperanza a las nuevas generaciones.
Pero el teatro no es la única pasión de Rubén. La música también ha jugado un papel fundamental en su vida. Como baterista de una banda beatle, Rubén ha recorrido escenarios de todo el mundo, llevando alegría y energía a miles de personas. “Nunca mezclé la banda con el tema de la guerra, la música va por un carril diferente”, explica. Sin embargo, es innegable que ambas facetas de su vida se complementan y enriquecen mutuamente.
Reflexiones sobre la vida y el compromiso con la paz
La historia de Rubén Otero es un ejemplo de superación, de amor por la vida y de compromiso con la paz. Su testimonio nos invita a reflexionar sobre el pasado, a vivir intensamente el presente y a construir un futuro mejor para todos. Invito a los lectores a reflexionar sobre el valor de la memoria histórica y el apoyo a los veteranos de guerra. Los invito a conocer más de la obra de teatro de Rubén y su música, proporcionando enlaces a sus redes sociales o sitios web.